Elephant Walk 1954 "LA SENDA DE LOS ELEFANTES"
LA VANGUARDIA (27-9-1955)
Hay novelas donde el cine puede hallar cuanto apetezca para demostrar su fabulosa capacidad de recreación, sus facultades, plurales como los brazos de Sihva. pera construir las escenas más escambrosas y los sucesos más formidables. «La senda de los elefantes» es una de esas novelas. En sus páginas, en las escenas de la película, se mezcla la fresca gracia de las danzas hindúes y de los paisajes barnizados por la flor del té con los lujosos escenarios de un palacio auténticamente oriental, con las angustias de una epidemia de cólera y con el ciego, incontenible furor de los elefantes que vuelven a la vieja senda que un hombre, agresivo y dominador, les usurpó. Hay en la película pues, elementos más que sobrados para atraer, a los ojos, el interés, en pos de una extraña aventura perfectamente fantástica, y tal vez por ello y por el feliz aprovechamiento que tal fantasía ha tenido, perfectamente grata. Como de costunbre, sin embargo, de acuerdo con las más típicas, tradiciones del cine norteamericano, la fantasia se vierte en los moldes del más impresionante realismo, a través de una realización con titulo de asía en la que brillan unos soberbios efectos especiales, triunfadores en un desenlace apocalíptico, cuyos protagonistas son los elefantes y el fuego, aliados ambos para poner fin a la leyenda de aquel que reinaba, en el selvático imperio, después de muerto. Elizabeth Taylor pone en la película su belleza y su portentosa mirada azul para darle un encanto nuevo en su papel de mujer enamorada en un mundo adverso, hermético y misterioso. Peter Finch y Gene Andrews, vencido éste por la superior expresividad de aquél, componen los dos personajes masculinos principales y en tomo suyo pulula una incontable figuración de hindúes —son de señalar los planos dé la recolección del té, tan frescos y jugosos— con la aportación de un grupo de comediantes blancos, cuyo mejor momento colectivo se concreta en los báquicos partidos de polo ciclista sobre los brillantes suelos de un salón. — H. SAENZ. GUERRERO.

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