lunes, 1 de agosto de 2011

They Shoot Horses, Don't They? 1969 "DANZAD DANZAD MALDITOS"

They Shoot Horses, Don't They? 1969 "DANZAD DANZAD MALDITOS"




LA VANGUARDIA (20-3-1971) 
Gracias al cine el mundo ha podido disponer de un testimonio vivo, plástico, patético, de unos hechos sociales, eliminados por el tiempo, la evolución social y las leyes que rigen la convivencia humana. Uno de esos vergonzosos fenómenos sociales, oprobio de una época, fueron los llamados «Marathones de baile continuo», que unos empresarios sin escrúpulos, explotaban en los Estados Unidos en el dramático período de la «depresión». Se bailaba, ininterrumpidamente —aun cuando, en realidad, no era aquello bailar— durante días, semanas y meses, sin cesar, sin más que diez minutos de tregua que se concedía al cabo de unas horas pera dormir, comer o descansar. En seguida silbaba la sirena, y se seguía bailando. En aquellos tiempos de la depresión. la miseria reinaba en la hoy opulenta Norteamérica. La gente tenia que luchar increíblemente por un trozo de pan. Los casos de miseria y de desamparo eran atroces En estos «Marathones» a los que acudian gentes miserables, y en los que sólo triunfaba la última pareja que quedaba en pie, se había llegado a bailar hasta 1.400 horas seguidas. La pelicula está basada en una novela de Horacio Mac Coy, del mismo titulo. Trasladada a la pantalla con una fidelidad escalofriante por Sidney Pollack, no sólo es un testimonio acongojante y doloroso de algo que rebajaba la condición humana, sino una áspera e implacable critica que nos hace sentir lo que hay de oscura mentira en la estimación de que cualquier tiempo posado sea mejor. El argumento enlaza las diversas reacciones y las alucinantes peripecias de, uno de esos «Marathones», celebrado en Hollywood en 1932. Gente desempleada, náufragos del cine y una cierta escoria social, tomaba parte en él. Cada uno de estos personajes era, a su vez, un drama, con perfiles propios, dentro de la gran catástrofe social de la que los «torneos» de baile eran sólo un síntoma. Estos pobres seres, a los que Sidney Pollack ha trasplantado a la pantalla con toda su angustiante y desolada humanidad, nos sugieren sensaciones lacerantes y amargas. En su empeño por ser convincente y fiel, Pollack llega a extremos sin duda excesivos. Porque bien está que se procure emocionar al espectador, pero no hasta ese punto en que la desazón y la congoja llegan a hacerse desagradables e irritantes. Entre los intérpretes, muy bien movidos por el realizador, destaca la impresionante creación de Jane Fonda, en el más duro e ingrato papel de su carrera, y el buen arte y el vigor expresivo de Gig Voung, Michael Sarrazin y Susanna York. — A. MARTINEZ TOMAS. 






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