The Collector 1965 "EL COLECCIONISTA"
LA VANGUARDIA (19-1-1966) Pelicula que apasiona, que angustia, que nos llena de irritación y de pavor. No han exagerado los críticos extranjeros que la reputan como la mejor película de William Wyler, un maestro al que debemos films tan excelentes como «El árbol de la vida», «La heredera». «La loba», etc. Con sólo dos personajes. Wyler ha conseguido realizar una cinta que desazona, que «quema», que nos hace permanecer constantemente en vilo. El fenómeno que produce esta emoción represada y desazonante se debe a dos causas simultáneas: al contenido psicológico del film, que Wyler ha conseguido traducir en imágenes de manera genial, y lo extraordinario de ese «caso elinico» que es la psiquis del protagonista masculino. Lo que Wyler ha trasladado a la pantalla es todo un proceso de psicopatología monstruosa, morbosa y en definitiva, criminal. El protagonista es un coleccionista de mariposas y otros insectos raros. Lo es apasionadamente, con un desbordamiento exclusivista que roza la demencia colecciona y guarda celosamente lo coleccionado porque lo quiere para sí, sin alarde de vanagloria alguna, sino por el contrario, de un modo absoluto y silencioso. Es el deseo de posesión exclusivista lo que le domina demoniacamente. Ocurre asi que el dia que por un raro azar, consigue tener dinero —ha ganado en las quinielas una fortuna-- concibe la idea de secuestrar y guardar para sí, como si se tratase de una mariposa más —la más bella y deseada, la más resplandeciente— a la mujer que le ha llamado la atención y que se cree amar. No le importa que sufra, que viva en la soledad más angustiada, que se sienta martirizada en su carne y su espíritu. Lo importante es que sea para él y para él sólo. Lo que anhela es transformarla en una pieza más de su colección. Seria absurdo que de esta película —basada en la novela «The collector», de John Fawles— se pretendieran deducir reglas generales sobre la psicología de los coleccionistas. La totalidad de éstos coleccionan por motivos absolutamente diferentes al de ese disparatado maniaco y lo que desean es que sus colecciones sean admiradas de todos. El caso que presenta Wyler es una deformación deliberada, no ajena a los extravíos de la psicopatología. y que puede darse en muchos otros casos. William Wyler ha realizado con este asunto una película en la que la emoción fluye a raudales. Es cosa de maravilla el ritmo con que ha ido graduando los efectos dramáticos, el equilibrio con que ha obligado a comportarse a los intérpretes, la fuerza impresionante de las situaciones y la belleza de las imágenes. Todo el film es un ejercicio de estilismo artístico, a un mismo tiempo simple y sabio, complicado y escueto. No hay un solo instante de desfallecimiento o de desvío en esa recrilinca trayectoria que se ha trazado Wyler para mantener la emoción en este oscuro drama de la obsesión morbosa y criminal. Para esta película el realizador ha contado con dos excepcionales intérpretes. Ambos conquistaron, por su labor en este film, los premios de interpretación masculina y femenina en el Festival de Cannes. De los dos, el que suscita en mayor gordo nuestra admiración, es Samantha Edgar. Pocas veces una actriz —y menos una actriz joven— ha llegado a cimas de acierto tan considerables. Terence Stamp se revela, también, como un gran artista. Es sorprendente la encarnación de ese maniaco criminaloide que es el «coleccionista». Se comporta con un sentido del equilibrio artístico de rara perfección. Pero no llega a la amplitud de recursos interpretativos de su extraordinaria «panenaire» femenina. — A. MARTÍNEZ TOMAS.

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